Sofía

Aprovechó el fin de semana para escapar de la gran ciudad. El día a día entre atascos, olas de gente y el estrés constante generado por el segundero del reloj iba haciendo que su energía poco a poco se viese mermada, así que decidió poner rumbo al sur, buscando las pequeñas poblaciones que, de forma redundante, poblaban la falda de esas montañas que veía desde detrás del cristal de su oficina.

A pesar de no ser especialmente campestre, sí tenía ese espíritu de aventura que le hacía actuar de manera impulsiva: tan solo cargó lo imprescindible en la mochila que se echó al hombro, y, con el escaso dinero que encontró por los rincones de su pequeño piso mientras desayunaba, montó en su coche, rumbo a cualquier lugar.

En menos de una hora, el paisaje que le rodeaba cambió completamente: los bloques de edificios se convirtieron en cercas de madera; los vehículos que llenaban las calles, en vacas u ovejas cruzando el camino en busca del siguiente matojo del que alimentarse; y las personas…bueno, las personas seguían siendo, en apariencia, las mismas personas, aunque eran muy diferentes de aquellas automatizadas que recorrían las avenidas más grandes de la urbe.

No tuvo que buscar una plaza de aparcamiento, tampoco hubiese podido dada su inexistencia, para dejar el coche en aquel pueblecito con el que se topó. Apenas había dado una docena de pasos cuando comenzó a escuchar el fluir del agua: era un arroyo tan pequeño que, de haber habido cerca un coche en marcha, un par de personas hablando o un negocio cualquiera, su sonido habría pasado desapercibido. Pero en el silencio que albergaban esas calles, sólo roto de cuando en cuando por un mugido o el silbido del viento, podía oírlo con claridad. 

Un muro de piedra a medio derruir con una puerta de madera envejecida incrustada en él. Separando ese muro de otro, una cerca de madera impide el paso al camino existente entre ambos.

Siguió paseando mientras observaba los resistentes edificios de piedra que albergaban a los habitantes de esa localidad. Se acercaba la hora de comer, y de algunos de ellos emanaba un intenso aroma a comida casera. Rodeó la iglesia, que se erigía como centro neurálgico en la parte más alta del pueblo, y desde el cual podía apreciar unas bonitas vistas, dejando ver, al fondo, la gran ciudad en la que vivía. Era curioso imaginar que, en aquel preciso momento, alguien podía estar mirando, desde allí, hacia el lugar en el que se encontraba.

El paisaje le embelesó, y, durante varios minutos, disfrutó del viento que acariciaba su cara, mientras escuchaba el crepitar de las hojas que movía en la copa de los árboles. Se encontraba ocupada sonriendo al horizonte cuando unas pisadas a su espalda hicieron crujir la gravilla que cubría el camino. Se volvió, viendo a esa persona, autóctona, cargando con un par de pesadas bolsas de basura, caminar en dirección a la plaza. Se saludaron con una sonrisa, y se ofreció a ayudarle con su carga.

El paseo duró sólo unos pocos minutos, pero la amena charla que compartió en ese escaso trayecto con alguien a quien nunca había visto antes le llenó más que todas las conversaciones de trabajo que había tenido esa semana.

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