Sara

Cuando dobló la esquina para acceder a la plaza, se encontró con un gran silencio. Era temprano, y a esas horas, no había más que un par de personas colocando las sillas de sus terrazas. Mientras esperaba a que llegasen los demás, se sentó, o más bien apoyó, en el alfeizar de piedra de una ventana baja. Su primer impulso fue sacar el móvil. Pasó con un automatismo despreocupado unas cuantas pantallas hasta que fue consciente de que no estaba mirando nada en realidad. Así que decidió guardarlo, levantó la cabeza y observó.

Plaza de suelo de adoquines nevada, con una iglesia al fondo, un árbol deshojado a la derecha y una fuente de piedra a la izquierda.

Un chico paseaba por los adoquines, de un lado a otro, buscando el mejor ángulo para fotografiar la iglesia que ocupaba el fondo del lugar. Parecía intentar cuadrar la fachada con la fuente que se erigía en el centro, sin mucho éxito. Intentó visualizar lo que vería desde cada posición que tomaba: demasiado cerca, la estatua te tapa el chapitel; ¡no te vayas tan a la izquierda! saldrán esos edificios de detrás tan feos; deberías bajar el ángulo, vas a sacar mucho cielo.

No pudo contener una risa floja al ver que le hacía caso en cada cosa que pensaba. En ese momento, una mujer con aspecto serio pasó por delante, le echó una mirada inquisidora, y siguió su rumbo. Se sintió juzgada, y, aunque se tratase de una desconocida, eso siempre le producía inquietud. Volvió a sacar su móvil, haciendo como que miraba algo mientras sentía que el calor subía por su pecho hasta su cara. Pensar que se estaría poniendo roja sólo hacía que sus nervios aumentasen. Su dedo pasaba de lado a lado de la pantalla del teléfono sin ton ni son, esperando recibir un mensaje que quizás le ayudase a tranquilizarse pensando en otra cosa.

Uno de sus amigos había avisado que llegaría tarde, mientras que otro decía que estaba a punto de llegar. Después de un par de comentarios jocosos, y algún que otro gif, volvió a guardar el móvil y levantar la vista. La plaza seguía en calma: una de las camareras que había estado preparando mesas se apoyaba ahora en la puerta del bar, aprovechando que no tenía aún clientes para fumar; el otro, en el extremo opuesto, le servía un café al único cliente que se había sentado ya. Y el aspirante a fotógrafo…

De pie junto a la fuente, estaba mirando en su dirección, casi de puntillas, y gesticulando: le señalaba a ella, después a la cámara, después a sí mismo, y, finalmente, hacía como si sacase una foto. El mensaje estaba claro. ¿Para qué nos molestamos en inventar el lenguaje? pensaba, con ironía, mientras caminaba hacia él. Con una sonrisa, le pasó la cámara y le indicó lo que quería que saliese. Se colocó en un puñado de poses diferentes antes de dejarle ir. Después, todavía sonriendo, le dio las gracias y se puso a revisar las fotos. Parecía simpático, aunque un poco rarito.

Al empezar a andar hacia el mismo edificio en el que había estado esperando, vio entrar en la plaza a tres de las personas a las que esperaba. Se saludaron, ya en la distancia, para abrazarse después cuando se hubieron acercado. Tras una brevísima charla con las preguntas típicas de cortesía, decidieron ir sentándose en una de las terrazas mientras esperaban al resto.

De camino a su mesa, se cruzaron con el chico de las fotos, que le saludó, dándole las gracias de nuevo. Después, se alejó. La última vez que lo vio fue de espaldas, justo antes de que doblase la esquina.

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