– Qué buena es esta canción.
– ¿Perdona?
Levantó la cabeza y miró a su alrededor. Se había quedado ensimismado contando una y otra vez las monedas en su mano, mientras esperaba a que la cola para sacar el billete avanzase. La estación estaba bastante concurrida, era hora punta, y ya se habían colocado seis personas detrás de él. Por delante, tenía aún tres más: un joven, que llevaba una mochila enorme a la espalda, un señor que seguramente superase los sesenta años, apoyado en su bastón, y una mujer, más o menos de su edad, de tez morena, pelo corto muy rizado y unos grandes ojos negros, que le miraban subrayados por una sonrisa.
– La canción –le repitió mientras se tocaba la oreja con el dedo.- Me encanta esta canción.
– Ah –hizo una pausa, en parte para escuchar cuál era, en parte para pensar qué decir.- Sí, está bastante bien.
El joven había terminado, así que ambos agarraron su maleta y avanzaron dos pasitos para volver a colocarse en el sitio que antes ocupaba su predecesor. Qué tontería, pensaba cada vez que ocurría eso.
Se quedó observando a la mujer que le había hablado. Se había descolgado la mochila de un hombro para buscar algo en su interior, mientras movía el cuerpo con la música y marcaba con su pie derecho el ritmo sobre el suelo. Todo, sin dejar de sonreír. Parecía feliz. Notó cómo se le escapaba una sonrisa a él también, mientras, sin darse cuenta, empezó a tararear la canción dentro de su cabeza.
Tras unos minutos, el señor se alejó del mostrador, apoyando cada paso en su fiel bastón. Escuchó un por fin que venía de detrás suyo, pero prefirió ignorarlo. La mujer avanzó y, con unos ademanes que incluso sin ver su rostro denotaban alegría, en pocos segundos tenía el billete en su mano. Después de guardar la cartera en la mochila, cerrarla y volver a colgársela al hombro, agarró la maleta y se fue, tras un buen viaje cargado de vitalidad.
No pudo evitar mirar hacia donde se había ido mientras esperaba que imprimiesen su billete. La encontró entre la muchedumbre, justo a tiempo para ver cómo se perdía entre la gente y el último rizo de su pelo desaparecía de su vista. Qué pena, pensó, no volver a ver a una persona tan alegre, tan vital. ¿De dónde vendría? ¿A dónde iría? ¿Por qué sería tan feliz? Abandonó la fila en la dirección opuesta a la que lo había hecho ella, sin poder quitarse esas preguntas de la cabeza.

Se sentó en un banco vacío frente a las vías, esperando su tren. La canción que sonaba en la estación estaba todavía en su cabeza, y empezó a marcar el ritmo de su melodía, dando golpecitos con la mano en la manija de su maleta. Varias personas pasaron frente a él, dirigiéndose a asientos vacíos más adelante, a pesar de que donde estaba cabían dos o tres personas más. Justo cuando estaba pensando en lo social que era el ser humano, alguien se sentó junto a él.
– Qué bien, parece que tendré un conocido con quien hablar durante el viaje.
Miró a su izquierda, y sintió una gran emoción al volver a ver esa sonrisa junto a él. Tras un primer momento incómodo por no saber qué decir, comenzaron a hablar de música. Cuando llegó el tren, doce minutos después, hablaban de lo que habían estudiado, y lo inútil que había resultado para sus posteriores trabajos. Media hora antes de que él se bajase, acabarían hablando de cómo ambos intentaban encontrar su lugar en el mundo. Se despidieron con un abrazo cuando el tren se detuvo.