Nerea

La ciudad estaba aún despertando.

Si paseabas por ella a esas horas, encontrarías una calma difícil de ver en otros momentos del día. El tráfico era escaso, inexistente en algunas calles. La gente no se amontonaba en los pasos de peatones, esperando el verde que les permitiese cruzar. Las farolas, aún encendidas, parecían querer luchar contra la luz que arrojaba ya el sol, pese a continuar oculto en el horizonte. El silencio era tal que se podía escuchar, de vez en cuando, el quejido de la puerta de un edificio, incluso varios bloques más allá, cuando uno de sus habitantes salía en dirección a su trabajo.

Una maleta arrastrándose por la avenida. Unos tacones pisando con fuerza el pavimento. Todo sonido se amplificaba a esas horas. Era un silencio extraño.

Algunos locales comenzaban a abrir sus persianas, bien para empezar a atender a sus clientes, bien para entrar e, inmediatamente, volver a cerrar, preparando paso a paso todo lo necesario para iniciar la jornada.

Olía mucho a pan. Y a café. La contaminación de los coches y los extravagantes y diversos perfumes de cientos de personas no habían enmascarado aún esos olores primigenios de la urbe.

Incluso desde una considerable distancia, el bramido del agua corriendo por el cauce del río que atravesaba la ciudad se hacía patente. Era curioso comprobar cómo, una escasa hora después, esa melodía simplemente desaparecería, oculta bajo sendos ruidos de diversa procedencia, que lo hacían inaudible, en ocasiones, incluso al pasear por su orilla.

El puente que lo atravesaba, o más bien, uno de ellos, era digno de admiración: una colección de enormes rocas dispuestas en la posición exacta y del tamaño preciso para evitar el uso de ningún aglutinante.

Normalmente, docenas de personas se encontraban sobre él a cada instante. Muchas, sólo de paso; otras, parándose a admirar las vistas desde ahí arriba. Era un pequeño remanso de naturaleza dentro de la asfixiante atmósfera que envolvía las calles. Sin embargo, en ese momento, sólo una persona, con un atuendo que permitía dar por sentado su trabajo de oficina, estaba finalizando su recorrido.

Al acceder al imponente pasillo, por el que en algún momento habrán circulado engalanados carruajes y, seguramente, unas cuantas marchas militares, parecía que se entraba en otro mundo, en el que los modernos edificios desaparecían, y tan sólo se veía un marcado camino hacia el frente y unos pequeños muros, de aproximadamente medio metro, a cada lado. Bajo este, se encontraban los pilares que sustentaban toda la estructura.

Podía observarse desde ahí la vegetación que acotaba al río. Se distinguía perfectamente aquella que crecía de manera natural de aquella que había sido puesta ahí para, probablemente, dar cobijo del sol a quienes quisiesen disfrutar de una tarde de verano alejados, sin alejarse, de la ciudad. También podían apreciarse, casi en todo momento, patos, que buscaban su banquete diario sumergiendo la cabeza bajo el agua; y, antes de que estos llegasen a alborotar la calma del agua, bandadas de peces acompañaban la corriente, tratando de llegar al mar, o, simplemente, dando vueltas en círculos para alimentarse de aquello que cayese en sus bocas.

Justo sobre el punto que marcaba el inicio del puente podía observarse un reflejo singular. Era una figura con forma de mujer, de cabello largo y liso, nariz puntiaguda y pómulos redondeados. Su melena parecía querer alcanzar la línea que separaba el agua espejada de la realidad; o la realidad del mundo espejado, quién sabe.

La quietud de esa silueta, sólo alterada por el vaivén que provocaba el viento en su pelo, se emborronó de pronto cuando una gota cayó sobre su rostro: una lágrima que nació en su ojo derecho transfiguró la simetría de ambos planos, haciendo que fuese imposible seguir admirando su reflejo en el agua.

Levantó la vista cuando la segunda lágrima se precipitaba hacia el río, aunque no sabía muy bien si lo hacía por observar el paisaje, por no ver su rostro desfigurado bajo las ondas en el agua, o para ignorar sus lágrimas, ignorando también, así, su tristeza.

Mario

El cielo estaba totalmente despejado: desde lo alto del edificio no podía apreciarse ni una sola nube que entorpeciese el camino de los rayos de sol que le bañaban. La quietud que sobrevolaba su cabeza le transmitía calma. Era el principal motivo por el que subía a la azotea. Buscaba la paz dentro de la caótica ciudad, que, ahí arriba, siempre encontraba.

Mientras esperaba a que la ropa que había tendido se secase, empezó a reflexionar sobre cómo había cambiado todo en los últimos años. Recordaba, con cierta nostalgia culpable, ese momento en el que subir ahí supuso su vía de escape, su soplo de aire fresco, para soportar una situación que, debido a la falta de contacto humano, y sumada el exceso de tiempo libre, habría sido insoportable de otra manera.

Escondido tras el pequeño muro que delimitaba la azotea, con la espalda apoyada en él, fumó cajetillas enteras, mientras escuchaba, más que nunca, el trino de los pajarillos que se adueñaron de cada esquina.

Le gustaba también asistir desde ahí a los aplausos que rugían, con fuerza, a través de cada ventana. Claro que, por esconderse de miradas acusadoras, había preferido no participar. Aún se sentía mal por ello. Nadie podría culparte, le habían dicho ya en numerosas ocasiones. Cada uno lo sobrellevó como pudo.

No pasó mucho hasta que la gente, necesitada de contacto, comenzó a amenizar las eternas horas de soledad. Escuchó muchas charlas entre completos desconocidos, varios conciertos de todo tipo de instrumentos, y algunas fiestas publico-privadas. Había días que pasaba más horas sobre su edificio que dentro de él.

Finalmente, pudo empezar a pasar tiempo de pie sobre esas baldosas cuando la gente comenzó a salir para dar paseos. Paseos cortos, sin alejarse demasiado de sus respectivos edificios, pero sin acercarse mucho al resto de paseantes. Fue, de hecho, y para su sorpresa, el momento que más le descolocó de todo el proceso. Parecían días normales, porque volvía a haber gente en las calles, pero, sin embargo, había muy, muy poca, y mucha al mismo tiempo: poca, para lo que supone el trajín habitual de una gran población; pero mucha que paseaba, que simplemente paseaba, sin prisa, sin rumbo, sin obligaciones, ni cabreos, ni pesadumbre.

En el pequeño cuadrado que delimitaban esos bajos muros, cubierto sólo por esa gran bóveda azulada, vivió, y sobrevivió a, su encierro. Y, sin embargo, en ningún otro lugar se sentía más libre.

Tender la ropa al sol era solo la escusa que buscaba su mente para desconectarse del mundo, al menos durante un rato.

Paula

No estaba segura de lo que estaba haciendo allí. Sólo había salido un momento a sacar la basura, pero, una vez en la calle, se dio cuenta de que no quería volver a subir.

Arriba le esperaba el tedio de lo conocido.

Comenzó a caminar, sin saber muy bien hacia dónde. Una ráfaga de aire en la cara, un semáforo que se ponía en verde, cualquier razón era buena para decidir por dónde seguir. Muy pronto, demasiado, dejó atrás lo que le resultaba familiar, tomando cada detalle un cariz de descubrimiento.

Siempre había pensado en su ciudad como un lugar más bien gris, sin matices ni contrastes, mantenida por una aburrida capa de monotonía.

Se equivocaba.

Descubrió calles sin salida, que terminaban abruptamente frente a la entrada de pintorescos edificios antiguos, y otras interminables, custodiadas por árboles, que parecían unir cada extremo de la ciudad.

Descubrió que había, al menos, tres restaurantes coreanos. Tres más de los que conocía.

Descubrió una feria de productos artesanales, en una enorme plaza llena de puestecitos dispuestos en círculo, con todo tipo de objetos. Pasó mucho tiempo recorriéndolos uno por uno, sin prisa, sorprendida de las maravillas que eran capaces de crear aquellas personas con mania, paciencia, y mucho cariño.

Descubrió parques abarrotados, trabajadores sonrientes, parejas apasionadas, bares originales, familias sonrientes, mascotas inquietas, personas excéntricas.

Descubrió también un pequeño teatro. La puerta, entreabierta, le animó a asomarse. Al no ver a nadie en la entrada, decidió pasar. No había mucha luz, pero sí mucho silencio, sólo interrumpido por el eco que provocaban, de forma alterna, dos voces que dialogaban, serenamente al principio y acaloradamente tras unos minutos, al fondo del local, ocultas bajo la intensa luz de un foco.

Descubrió que le gustaba el teatro.

Al salir, siguió caminando, distraída, mientras pensaba en lo mucho que se había perdido cada vez que había escogido quedarse en el refugio que le proporcionaban sus cuatro paredes.

No sabía lo que estaba haciendo allí; ni tan siquiera sabía dónde era allí. Pero no le importó.

Pablo

– Qué buena es esta canción.

– ¿Perdona?

Levantó la cabeza y miró a su alrededor. Se había quedado ensimismado contando una y otra vez las monedas en su mano, mientras esperaba a que la cola para sacar el billete avanzase. La estación estaba bastante concurrida, era hora punta, y ya se habían colocado seis personas detrás de él. Por delante, tenía aún tres más: un joven, que llevaba una mochila enorme a la espalda, un señor que seguramente superase los sesenta años, apoyado en su bastón, y una mujer, más o menos de su edad, de tez morena, pelo corto muy rizado y unos grandes ojos negros, que le miraban subrayados por una sonrisa.

– La canción –le repitió mientras se tocaba la oreja con el dedo.- Me encanta esta canción.

– Ah –hizo una pausa, en parte para escuchar cuál era, en parte para pensar qué decir.- Sí, está bastante bien.

El joven había terminado, así que ambos agarraron su maleta y avanzaron dos pasitos para volver a colocarse en el sitio que antes ocupaba su predecesor. Qué tontería, pensaba cada vez que ocurría eso.

Se quedó observando a la mujer que le había hablado. Se había descolgado la mochila de un hombro para buscar algo en su interior, mientras movía el cuerpo con la música y marcaba con su pie derecho el ritmo sobre el suelo. Todo, sin dejar de sonreír. Parecía feliz. Notó cómo se le escapaba una sonrisa a él también, mientras, sin darse cuenta, empezó a tararear la canción dentro de su cabeza.

Tras unos minutos, el señor se alejó del mostrador, apoyando cada paso en su fiel bastón. Escuchó un por fin que venía de detrás suyo, pero prefirió ignorarlo. La mujer avanzó y, con unos ademanes que incluso sin ver su rostro denotaban alegría, en pocos segundos tenía el billete en su mano. Después de guardar la cartera en la mochila, cerrarla y volver a colgársela al hombro, agarró la maleta y se fue, tras un buen viaje cargado de vitalidad.

No pudo evitar mirar hacia donde se había ido mientras esperaba que imprimiesen su billete. La encontró entre la muchedumbre, justo a tiempo para ver cómo se perdía entre la gente y el último rizo de su pelo desaparecía de su vista. Qué pena, pensó, no volver a ver a una persona tan alegre, tan vital. ¿De dónde vendría? ¿A dónde iría? ¿Por qué sería tan feliz? Abandonó la fila en la dirección opuesta a la que lo había hecho ella, sin poder quitarse esas preguntas de la cabeza.

Hay un hombre sentado en un banco de una estación de tren. Frente a él, un tren con las puertas cerradas.

Se sentó en un banco vacío frente a las vías, esperando su tren. La canción que sonaba en la estación estaba todavía en su cabeza, y empezó a marcar el ritmo de su melodía, dando golpecitos con la mano en la manija de su maleta. Varias personas pasaron frente a él, dirigiéndose a asientos vacíos más adelante, a pesar de que donde estaba cabían dos o tres personas más. Justo cuando estaba pensando en lo social que era el ser humano, alguien se sentó junto a él.

– Qué bien, parece que tendré un conocido con quien hablar durante el viaje.

Miró a su izquierda, y sintió una gran emoción al volver a ver esa sonrisa junto a él. Tras un primer momento incómodo por no saber qué decir, comenzaron a hablar de música. Cuando llegó el tren, doce minutos después, hablaban de lo que habían estudiado, y lo inútil que había resultado para sus posteriores trabajos. Media hora antes de que él se bajase, acabarían hablando de cómo ambos intentaban encontrar su lugar en el mundo. Se despidieron con un abrazo cuando el tren se detuvo.