Roberto

Sus dedos dejaron de rasguear las cuerdas de la guitarra, pero no se hizo el silencio. Un par de reducidos grupos de personas que se habían dispuesto a su alrededor aplaudieron, sin ninguna sincronía, la actuación. Lo agradeció, como siempre; y recibió un puñado de monedas de escaso valor, como no tan a menudo como le gustaría.

Esperó a que la familia, que había enviado a sus miembros más pequeños a depositar el dinero en la funda de su guitarra, se hubiesen ido antes de encenderse un cigarro. Llevaba tres horas ahí sentado, pero ese día había mucho trajín en la ciudad, así que quería hacer una última sesión antes de volver a casa.

Se apartó el pelo que el viento le había puesto sobre la cara, dió una larga calada, y exhaló. Con las manos apoyadas sobre sus rodillas, y la espalda encorvada, observaba a la gente que pasaba a su alrededor. Era una de las zonas más concurridas de la ciudad, y, pese al mal tiempo que acompañaba al día, el paseo estaba muy concurrido.

Imagen de una estructura llamada peine del viento, situada en un paseo al lado del río. Junto a ella, un hombre toca la guitarra.

Le gustaba esa hora del día por ser cuando más diversidad de personas encontraba: jóvenes que empezaban a reunirse para tomar las primeras cañas; personas mayores recogiéndose de su caminata vespertina; adolescentes aprovechando los últimos momentos antes de que se les echase encima la hora de volver a casa; parejas y familias disfrutando del tiempo en común.

Por supuesto, había también personas que vagaban en solitario. La mayoría de ellas, con la cabeza gacha y los ojos clavados en la pantalla de su móvil, respondían mensajes ajenos a cuanto les rodeaba. Otras parecían hablar solas, lo cual le causaba siempre gracia, ya que era curioso como esas personas, que en sus tiempos habrían sido tildadas de locas sin ningún miramiento, resultaban ahora ser las que estaban tecnológicamente a la última.

Las horas que pasaba observando a la gente le hacían darse cuenta de cuánto había cambiado todo con el paso de los años. Había vivido ya en siete décadas distintas, y nada quedaba de aquel mundo que conoció en su infancia, su adolescencia o su juventud. Si bien es cierto que el cielo de las ciudades no estaba cubierto por los coches voladores que las películas se empeñaron en venderles, sentía que le habría resultado más fácil adaptarse a eso que a la realidad tan difícil de comprender en la que se encontraba.

A ojos de la mayoría, parecía un huraño, rehuyendo de todos y de todo. Siempre había ido a contracorriente de las modas y tendencias, y no iba a ser menos en su senectud. Utilizaba aún el teléfono fijo, enviaba cartas a sus, cada vez más escasas, amistades, y, cuando le dijeron que su antiguo coche no informatizado no podía seguir circulando por la ciudad, simplemente, dejó de desplazarse tanto. Pero poco le importaban esos materialismos modernos mientras pudiese seguir viviendo, malviviendo que diría la gente, de la música.

A escasos metros, un grupito de cuatro hacía carantoñas frente a su móvil y desgastaban su pulgar haciéndose selfies. Pisó la colilla que acababa de soltar y, tras beber un trago de agua, alzó la guitarra y comenzó a tocar.

Sara

Cuando dobló la esquina para acceder a la plaza, se encontró con un gran silencio. Era temprano, y a esas horas, no había más que un par de personas colocando las sillas de sus terrazas. Mientras esperaba a que llegasen los demás, se sentó, o más bien apoyó, en el alfeizar de piedra de una ventana baja. Su primer impulso fue sacar el móvil. Pasó con un automatismo despreocupado unas cuantas pantallas hasta que fue consciente de que no estaba mirando nada en realidad. Así que decidió guardarlo, levantó la cabeza y observó.

Plaza de suelo de adoquines nevada, con una iglesia al fondo, un árbol deshojado a la derecha y una fuente de piedra a la izquierda.

Un chico paseaba por los adoquines, de un lado a otro, buscando el mejor ángulo para fotografiar la iglesia que ocupaba el fondo del lugar. Parecía intentar cuadrar la fachada con la fuente que se erigía en el centro, sin mucho éxito. Intentó visualizar lo que vería desde cada posición que tomaba: demasiado cerca, la estatua te tapa el chapitel; ¡no te vayas tan a la izquierda! saldrán esos edificios de detrás tan feos; deberías bajar el ángulo, vas a sacar mucho cielo.

No pudo contener una risa floja al ver que le hacía caso en cada cosa que pensaba. En ese momento, una mujer con aspecto serio pasó por delante, le echó una mirada inquisidora, y siguió su rumbo. Se sintió juzgada, y, aunque se tratase de una desconocida, eso siempre le producía inquietud. Volvió a sacar su móvil, haciendo como que miraba algo mientras sentía que el calor subía por su pecho hasta su cara. Pensar que se estaría poniendo roja sólo hacía que sus nervios aumentasen. Su dedo pasaba de lado a lado de la pantalla del teléfono sin ton ni son, esperando recibir un mensaje que quizás le ayudase a tranquilizarse pensando en otra cosa.

Uno de sus amigos había avisado que llegaría tarde, mientras que otro decía que estaba a punto de llegar. Después de un par de comentarios jocosos, y algún que otro gif, volvió a guardar el móvil y levantar la vista. La plaza seguía en calma: una de las camareras que había estado preparando mesas se apoyaba ahora en la puerta del bar, aprovechando que no tenía aún clientes para fumar; el otro, en el extremo opuesto, le servía un café al único cliente que se había sentado ya. Y el aspirante a fotógrafo…

De pie junto a la fuente, estaba mirando en su dirección, casi de puntillas, y gesticulando: le señalaba a ella, después a la cámara, después a sí mismo, y, finalmente, hacía como si sacase una foto. El mensaje estaba claro. ¿Para qué nos molestamos en inventar el lenguaje? pensaba, con ironía, mientras caminaba hacia él. Con una sonrisa, le pasó la cámara y le indicó lo que quería que saliese. Se colocó en un puñado de poses diferentes antes de dejarle ir. Después, todavía sonriendo, le dio las gracias y se puso a revisar las fotos. Parecía simpático, aunque un poco rarito.

Al empezar a andar hacia el mismo edificio en el que había estado esperando, vio entrar en la plaza a tres de las personas a las que esperaba. Se saludaron, ya en la distancia, para abrazarse después cuando se hubieron acercado. Tras una brevísima charla con las preguntas típicas de cortesía, decidieron ir sentándose en una de las terrazas mientras esperaban al resto.

De camino a su mesa, se cruzaron con el chico de las fotos, que le saludó, dándole las gracias de nuevo. Después, se alejó. La última vez que lo vio fue de espaldas, justo antes de que doblase la esquina.

Sofía

Aprovechó el fin de semana para escapar de la gran ciudad. El día a día entre atascos, olas de gente y el estrés constante generado por el segundero del reloj iba haciendo que su energía poco a poco se viese mermada, así que decidió poner rumbo al sur, buscando las pequeñas poblaciones que, de forma redundante, poblaban la falda de esas montañas que veía desde detrás del cristal de su oficina.

A pesar de no ser especialmente campestre, sí tenía ese espíritu de aventura que le hacía actuar de manera impulsiva: tan solo cargó lo imprescindible en la mochila que se echó al hombro, y, con el escaso dinero que encontró por los rincones de su pequeño piso mientras desayunaba, montó en su coche, rumbo a cualquier lugar.

En menos de una hora, el paisaje que le rodeaba cambió completamente: los bloques de edificios se convirtieron en cercas de madera; los vehículos que llenaban las calles, en vacas u ovejas cruzando el camino en busca del siguiente matojo del que alimentarse; y las personas…bueno, las personas seguían siendo, en apariencia, las mismas personas, aunque eran muy diferentes de aquellas automatizadas que recorrían las avenidas más grandes de la urbe.

No tuvo que buscar una plaza de aparcamiento, tampoco hubiese podido dada su inexistencia, para dejar el coche en aquel pueblecito con el que se topó. Apenas había dado una docena de pasos cuando comenzó a escuchar el fluir del agua: era un arroyo tan pequeño que, de haber habido cerca un coche en marcha, un par de personas hablando o un negocio cualquiera, su sonido habría pasado desapercibido. Pero en el silencio que albergaban esas calles, sólo roto de cuando en cuando por un mugido o el silbido del viento, podía oírlo con claridad. 

Un muro de piedra a medio derruir con una puerta de madera envejecida incrustada en él. Separando ese muro de otro, una cerca de madera impide el paso al camino existente entre ambos.

Siguió paseando mientras observaba los resistentes edificios de piedra que albergaban a los habitantes de esa localidad. Se acercaba la hora de comer, y de algunos de ellos emanaba un intenso aroma a comida casera. Rodeó la iglesia, que se erigía como centro neurálgico en la parte más alta del pueblo, y desde el cual podía apreciar unas bonitas vistas, dejando ver, al fondo, la gran ciudad en la que vivía. Era curioso imaginar que, en aquel preciso momento, alguien podía estar mirando, desde allí, hacia el lugar en el que se encontraba.

El paisaje le embelesó, y, durante varios minutos, disfrutó del viento que acariciaba su cara, mientras escuchaba el crepitar de las hojas que movía en la copa de los árboles. Se encontraba ocupada sonriendo al horizonte cuando unas pisadas a su espalda hicieron crujir la gravilla que cubría el camino. Se volvió, viendo a esa persona, autóctona, cargando con un par de pesadas bolsas de basura, caminar en dirección a la plaza. Se saludaron con una sonrisa, y se ofreció a ayudarle con su carga.

El paseo duró sólo unos pocos minutos, pero la amena charla que compartió en ese escaso trayecto con alguien a quien nunca había visto antes le llenó más que todas las conversaciones de trabajo que había tenido esa semana.

El puente

El agua fluía, como era habitual, por el cauce del río. A su alrededor, los árboles se congregaban tratando de ver su reflejo, pero era en vano: en menos de un segundo, la corriente lo emborronaba, para volver a mostrarlo durante otro lapso similar.

Sobre sus cabezas, o a la altura de alguna de sus copas, otro ente vigilaba. Inanimado, en este caso. Un puente creado con enormes rocas observaba, impasible, el discurrir del río, el crecer de los árboles, el nado de cada pececillo, el paso del tiempo. Sus grandes arcos, cual ojos, habían visto pasar de todo: riadas imparables, que refrescaban los pies de los árboles más grandes mientras arrancaban de cuajo y sin compasión a los aún infantes; tristes sequías, que mustiaban toda la vegetación de la zona; había visto personas acuclillarse en la orilla para frotar un trapo, quién sabe con qué fin; y también, batallas a su alrededor, utilizando un bando su lomo para avanzar para, luego, alojar los pasos airados del contrario, buscando venganza.

Venganza…hacía varios siglos que la había descubierto, y desde entonces no podía dejar de pensar en ella. ¿Por qué buscarían esos bípedos la venganza? Si no genera más que dolor. ¿Por qué cuando, a diferencia suya, podían comunicarse unos con otros, no utilizaban esa habilidad? No podía imaginarse vengándose del río, por gozar de la libertad de desplazarse, por ejemplo, bloqueándolo con sus rocas. No ganaba nada con ello: la vida de ambos pasaría a ser peor.

Sin embargo, no ocupaba en eso todo su tiempo. No valía la pena y, además, había descubierto otros entretenimientos. En los últimos años, se había multiplicado el número de personas que lo atravesaban, a la par que la vegetación y otra fauna de los alrededores había disminuido. Le gustaba contar cuánta gente le pasaba por encima cada día, como una especie de competición propia: algunos días, ganaba; otros, perdía. También, había notado con esto que, de forma cíclica y con muy pocas excepciones, dos de cada siete días las pisadas eran menores cuando recién asomaba el sol, pero mucho más numerosas a medida que empezaba a subir. Era un comportamiento curioso, cuyo sentido no era capaz de encontrar.

Foto en blanco y negro de un puente antiguo de piedra sobre el lecho de un río

Este entretenimiento, además, le había servido para darse cuenta de algo: cada pisada era única. Así que podía saber si quien le atravesó en una dirección volvía pasado un tiempo. Cuando comenzó a sentir esta peculiaridad no le dió mayor importancia, hasta que, en una ocasión, una persona que paseaba a diario por sus adoquines en un sentido por las mañanas para regresar en el otro por las tardes, no volvió. Prestó mucha atención durante toda la noche, preocupándose más y más a medida que la luna atravesaba el río, pero sus pisadas no volvieron.

Se desanimó, pensando que ya nunca volvería a sentirlas. Pero, a la mañana siguiente, se alegró mucho cuando volvían a pasar, como siempre, de derecha a izquierda, siguiendo la dirección del sol. Eso le alegró, pero no pudo evitar reflexionar: ¿y si nunca hubiesen vuelto a aparecer? Sabía que no podía hacer nada por evitarlo, pero, ¿habría esa persona, simplemente, dejado de existir? Eso le asustó mucho. ¿Cómo podría recordarla tan solo con una sensación? Eso no bastaría: acabaría por olvidar esa pisada entre las miles que sentía a diario. No. Tenía que haber otra manera. Discurrió hasta bien entrada la noche, y, finalmente, encontró la solución.

Les pondré nombre.

Con esta decisión, comenzó a poner nombre a aquellas pisadas que sentía sobre su agrietada espalda durante, al menos, cinco de cada siete días, sorteando así ese extraño comportamiento cíclico que había observado. El entretenido juego de contar a la gente que le recorría adquirió un cariz más relevante, y empezó a tomarlo como algo serio. Tendría que armarse de paciencia antes de llegar a nombrar al segundo par de pisadas; el primero, sin embargo, se lo puso de inmediato a aquellas pisadas que había estado a punto de perder.

Les llamó Luna.