El puente

El agua fluía, como era habitual, por el cauce del río. A su alrededor, los árboles se congregaban tratando de ver su reflejo, pero era en vano: en menos de un segundo, la corriente lo emborronaba, para volver a mostrarlo durante otro lapso similar.

Sobre sus cabezas, o a la altura de alguna de sus copas, otro ente vigilaba. Inanimado, en este caso. Un puente creado con enormes rocas observaba, impasible, el discurrir del río, el crecer de los árboles, el nado de cada pececillo, el paso del tiempo. Sus grandes arcos, cual ojos, habían visto pasar de todo: riadas imparables, que refrescaban los pies de los árboles más grandes mientras arrancaban de cuajo y sin compasión a los aún infantes; tristes sequías, que mustiaban toda la vegetación de la zona; había visto personas acuclillarse en la orilla para frotar un trapo, quién sabe con qué fin; y también, batallas a su alrededor, utilizando un bando su lomo para avanzar para, luego, alojar los pasos airados del contrario, buscando venganza.

Venganza…hacía varios siglos que la había descubierto, y desde entonces no podía dejar de pensar en ella. ¿Por qué buscarían esos bípedos la venganza? Si no genera más que dolor. ¿Por qué cuando, a diferencia suya, podían comunicarse unos con otros, no utilizaban esa habilidad? No podía imaginarse vengándose del río, por gozar de la libertad de desplazarse, por ejemplo, bloqueándolo con sus rocas. No ganaba nada con ello: la vida de ambos pasaría a ser peor.

Sin embargo, no ocupaba en eso todo su tiempo. No valía la pena y, además, había descubierto otros entretenimientos. En los últimos años, se había multiplicado el número de personas que lo atravesaban, a la par que la vegetación y otra fauna de los alrededores había disminuido. Le gustaba contar cuánta gente le pasaba por encima cada día, como una especie de competición propia: algunos días, ganaba; otros, perdía. También, había notado con esto que, de forma cíclica y con muy pocas excepciones, dos de cada siete días las pisadas eran menores cuando recién asomaba el sol, pero mucho más numerosas a medida que empezaba a subir. Era un comportamiento curioso, cuyo sentido no era capaz de encontrar.

Foto en blanco y negro de un puente antiguo de piedra sobre el lecho de un río

Este entretenimiento, además, le había servido para darse cuenta de algo: cada pisada era única. Así que podía saber si quien le atravesó en una dirección volvía pasado un tiempo. Cuando comenzó a sentir esta peculiaridad no le dió mayor importancia, hasta que, en una ocasión, una persona que paseaba a diario por sus adoquines en un sentido por las mañanas para regresar en el otro por las tardes, no volvió. Prestó mucha atención durante toda la noche, preocupándose más y más a medida que la luna atravesaba el río, pero sus pisadas no volvieron.

Se desanimó, pensando que ya nunca volvería a sentirlas. Pero, a la mañana siguiente, se alegró mucho cuando volvían a pasar, como siempre, de derecha a izquierda, siguiendo la dirección del sol. Eso le alegró, pero no pudo evitar reflexionar: ¿y si nunca hubiesen vuelto a aparecer? Sabía que no podía hacer nada por evitarlo, pero, ¿habría esa persona, simplemente, dejado de existir? Eso le asustó mucho. ¿Cómo podría recordarla tan solo con una sensación? Eso no bastaría: acabaría por olvidar esa pisada entre las miles que sentía a diario. No. Tenía que haber otra manera. Discurrió hasta bien entrada la noche, y, finalmente, encontró la solución.

Les pondré nombre.

Con esta decisión, comenzó a poner nombre a aquellas pisadas que sentía sobre su agrietada espalda durante, al menos, cinco de cada siete días, sorteando así ese extraño comportamiento cíclico que había observado. El entretenido juego de contar a la gente que le recorría adquirió un cariz más relevante, y empezó a tomarlo como algo serio. Tendría que armarse de paciencia antes de llegar a nombrar al segundo par de pisadas; el primero, sin embargo, se lo puso de inmediato a aquellas pisadas que había estado a punto de perder.

Les llamó Luna.

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