El cielo estaba totalmente despejado: desde lo alto del edificio no podía apreciarse ni una sola nube que entorpeciese el camino de los rayos de sol que le bañaban. La quietud que sobrevolaba su cabeza le transmitía calma. Era el principal motivo por el que subía a la azotea. Buscaba la paz dentro de la caótica ciudad, que, ahí arriba, siempre encontraba.
Mientras esperaba a que la ropa que había tendido se secase, empezó a reflexionar sobre cómo había cambiado todo en los últimos años. Recordaba, con cierta nostalgia culpable, ese momento en el que subir ahí supuso su vía de escape, su soplo de aire fresco, para soportar una situación que, debido a la falta de contacto humano, y sumada el exceso de tiempo libre, habría sido insoportable de otra manera.

Escondido tras el pequeño muro que delimitaba la azotea, con la espalda apoyada en él, fumó cajetillas enteras, mientras escuchaba, más que nunca, el trino de los pajarillos que se adueñaron de cada esquina.
Le gustaba también asistir desde ahí a los aplausos que rugían, con fuerza, a través de cada ventana. Claro que, por esconderse de miradas acusadoras, había preferido no participar. Aún se sentía mal por ello. Nadie podría culparte, le habían dicho ya en numerosas ocasiones. Cada uno lo sobrellevó como pudo.
No pasó mucho hasta que la gente, necesitada de contacto, comenzó a amenizar las eternas horas de soledad. Escuchó muchas charlas entre completos desconocidos, varios conciertos de todo tipo de instrumentos, y algunas fiestas publico-privadas. Había días que pasaba más horas sobre su edificio que dentro de él.
Finalmente, pudo empezar a pasar tiempo de pie sobre esas baldosas cuando la gente comenzó a salir para dar paseos. Paseos cortos, sin alejarse demasiado de sus respectivos edificios, pero sin acercarse mucho al resto de paseantes. Fue, de hecho, y para su sorpresa, el momento que más le descolocó de todo el proceso. Parecían días normales, porque volvía a haber gente en las calles, pero, sin embargo, había muy, muy poca, y mucha al mismo tiempo: poca, para lo que supone el trajín habitual de una gran población; pero mucha que paseaba, que simplemente paseaba, sin prisa, sin rumbo, sin obligaciones, ni cabreos, ni pesadumbre.
En el pequeño cuadrado que delimitaban esos bajos muros, cubierto sólo por esa gran bóveda azulada, vivió, y sobrevivió a, su encierro. Y, sin embargo, en ningún otro lugar se sentía más libre.
Tender la ropa al sol era solo la escusa que buscaba su mente para desconectarse del mundo, al menos durante un rato.
Para no olvidarse de la pandemia y lo que significó para la gente, atrapados de una u otra manera al agobio del encierro y la falta de vida social. Gracias por tus relatos.
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